La Aventura de mis Manos sobre tu Cuerpo

Ellos lo desean, pero no saben si quieren. Aun así, se dejan llevar por el placer que les causa. Tocan, acarician. Se unen y se separan. Presionan con una fuerza sensual el pecho de aquella que lo hipnotiza con sus ojos, preciosos y únicos.
Rodea con sus brazos su cuerpo. Lo atrae con ansias, pero con suavidad. Se acerca a su cuello. Huele. Absorbe la esencia eterna de aquella Diosa a la que llamamos mujer. Es adictivo. Es su perfume. Es mi debilidad. Es tu perdición.
Su espalda, suave, hace que mis manos resbalen poco a poco hasta una desgraciada adicción. Mientras, sus diez máquinas del tacto recorren el torso de aquel al que todas quieren llamar príncipe: aquel que las mime, que las haga sentir cómodas, felices, arropadas, felices, felices, felices.
Cierras los ojos. La luz desaparece. Lo único que permanece es el amor. La ropa desaparece. Lo único que permanece son alguna sonrisa pícara que otra. El estrés desaparece. Lo único que permanece es el silencio del bienestar.
Todo desaparece. Lo único que permanece es el amor: El sexo de los Dioses.

Quieren romper todo lo que se les interponga en el camino. No es lo que quieren, pero si hace falta, se hace. No existe sensación del tiempo. Los ojos cerrados. La brisa entrando por la ventana. Tu con tus manos en el pelo. Yo agarrándote con las mías. Aparecen gotas de Sexo. A nadie le importa. Todo es perfecto. Un vocablo nuevo para ambos. Lo proponen ellos, Lo componen ellos. Lo disfrutan ellos.
La sigue agarrando con fuerza, pero sin hacerle daño. Si acaso algún rasguño que otro, pero así es el sexo, travieso y placentero. La tumba contra la cama. Sus ojos siguen cerrados. No le gusta que le fastidien el momento. Él sonríe. Le gusta el momento. Le atrae. Lo disfruta. La estimula más y más. No quiere que esto termine. Ella intenta gritar, pero no puede; se lo impide el placer que siente. Sus manos sujetan  las sábanas con afán de destrozarlas. No quiere hacerle daño a el, pero tampoco quiere que pare. Separa una de sus manos y la dirige a su cuello. Sus dedos recorren su cuello y se acercan mutuamente. Él la mira. Parpadea un par de veces: no puede dejar de mirarla. Sus labios, su nariz, su piel. Le tiemblan las piernas: no quiere desmayarse ante tal belleza.
Ella abre los ojos. Él la mira. Ve toda una galaxia en ellos. Se quiere perder en su mirada, pero sabe que si lo hace no podrá volver a despertarse a su lado para maravillarse una vez mas.

La coge en sus brazos y la pone entre su cuerpo y la pared. Ella gime. Le gusta. Le pone. Tiene fuerza, pero no es un bruto. La agarra de sus posaderas con los dedos, firmes y ansiosos de entrar. No puede parar de follársela. No puede parar de amarla. No puede parar de mirarla. No puede parar. No puede.
Ella sigue con sus finos dedos rodeando su cuello. Antes con mas fuerzas; ahora con costumbre. No para de oler a Sexo. No paran de tocarse, de palpar cada uno de aquellos momentos perfectos que pueden sentir el uno del otro. Sufren por querer hacerse daño.

La separa de la pared. Sus piernas comienzan a fallar. No la deja caer. No se lo puede permitir; no por nada, pero sería pecado dejar caer un precioso regalo caído del cielo. Da dos pasos hacia atrás. Se deja caer en la cama. Ella levanta la cabeza mirando al techo mientras gime. Las fuerzas de él comienzan a flaquear. Sus manos se van separando poco a poco de aquella doble adicción, pero encuentran otro lugar en los senos de ella. No quiere volverse loco; Necesita luchar contra el maravilloso hechizo que le está lanzando Psique.  Quiere que sus manos se peguen con cola para siempre a ese momento. Ella sonríe. Sabe lo que quiere; lo que necesita.
Se mueve. Lo excita. Más. Más. Él gime. La agarra con más rabia. Ella gime. Más. Más. Más. No pueden parar de darse placer el uno al otro. Ambos abren los ojos. Comienza a fluir el éxtasis del momento entre ambos.
Ella cae sobre él. Jadean. Él la abraza. La rodea con suavidad. La toca con sus manos haciéndole cosquillitas en la espalda. Ella se siente cómoda, feliz, arropada, mimada, feliz, feliz, feliz.

Se dan cuenta de que la brisa entraba por la ventana, pero no de que estaban empapados de amor. No les importaba. Para qué preocuparse por algo que no tiene preocupación. Lo único que querían en ese momento era encontrar lo que ya acababan de vivir: un mundo enteramente de ellos, en el que puedan sumergirse en un profundo océano y sobrevolar la más alta nube. Una y otra vez.

Hasta que nuestras manos y nuestros cuerpos dejen de aventurarse el uno en el otro.
Hasta que el tiempo haga de nuestro amor una atracción herida por la falta de diversión y de odio.


Con Cariño Un Simple Mortal




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