Un año más, veintidós en total.

Es el día. Hoy me toca a mí ser el protagonista de mi vida. Es cierto que lo soy todos los días, pero hoy más que nunca.
Hace 22 años que se me dio la oportunidad de ser más rápido que mis hermanos y llegar a poder ser alguien más allá que una simple cabeza y una cola a modo de latigazo. 22 años han pasado desde que le advertí a mi madre que no iba a tener una gran Nochevieja. Bueno, grande sí que iba a ser. La mejor. Nadie sabía quién iba a llegar. Nadie intuía que iba a llegar alguien dispuesto a comerse el mundo. Ni siquiera mi hermana. Ella si que no sabía nada de nada. Lo único que se le pasaba por la cabeza es que iba a tener un hermanito. Alguien que la querría por encima de nada ni de nadie durante toda la vida. Menudo capullo. Que bien lo tenía montado. 
La verdad que, incluso antes de llegar al mundo, ya estaba organizando cosas: tenía a gente trabajando para mí uno de los días más señalados del año, que corría de un lado a otro para que todo saliese tal y como estaba previsto, tenía a gente vigilándome las 24 horas del día sin fallar ni un minuto ni un segundo. 
Lo tenía todo pensado: Iríamos a casa de mis tíos para cenar por Nochevieja. Todos unidos. Toda la familia por parte de mi padre unida. Quería que empezasen sin mí. No siempre hay que ser uno el protagonista del momento. Tampoco es que les dejase mucho tiempo para ellos, ya que me estaba aburriendo. Era momento de estirarse. Tenía ganas de llegar más allá de donde alcanzaba mi vista. Peleé y peleé pero aquello no cedía. Tuve que dar un toque de atención. Para ello me empecé a mover como un loco hasta el punto que rompí algo, porque empezó a vaciarse el cubículo en el que me encontraba. No me quedaba casi agua donde vivir. Ya en este punto mis nervios fueron en aumento. Sentía claustrofobia. Quería salir de allí lo antes posible porque no me estaba gustando para nada la sensación con la que me encontraba. 
Notaba movimiento. Muchos altibajos, como si me estuviese agachando, sentando o como si estuviese caminando. Pensé que lo mejor sería no armar mucho jaleo por si estaba incomodando. No quería que se enfadasen conmigo y que, nada más al salir, me pegase en el culo o algo. Por eso preferí quedarme quieto durante un tiempo y combatir contra la paciencia y el nerviosismo.
Pasó un tiempo. No se presentaba ningún movimiento brusco ni nada por el estilo. La fiesta que había organizado en casa de mis tíos ya no tenía supervisión. Notaba que ya no estaba allí. Fue la primera fiesta en la que no estuve toda la noche para vigilar que no hubiese ningún fallo o inconveniente. Por aquella época era bastante inquieto y no pensaba con claridad (por no decir que casi nada), así que comencé a moverme para advertir que era consciente en aquel momento de la situación en la que estaba: había dejado de ser el "prota de la peli" y eso no podía ser. Volví a mi perreta de luchar contra las barreras del destino, pero de lo bruto que soy, no me estaba dando cuenta de que el tubito que me alimentaba y me daba la vida me estaba jugando una mala pasada atándose a mi cuello. Me estaba empezando a poner más nervioso aún. Pensé que todo estaba perdido hasta que vi una luz que iba abriéndose poco a poco. Salí de aquellos muros sano y salvo. Me cortaron el cordón que tenía aferrado para que mi piel retornase a su color original y no violeta, que era el que se podía apreciar cada vez que alguien me dirigía la mirada.
Al parecer la había "armado" mucho porque sí que me cayó la torta en el culo. Nunca supe cómo se llamaba el medicucho ese para decirle par de cosas. Me parece que era mi tío y todo pero bueno, tampoco hay que hacer de esto un escrito... ¿no?
Poco a poco fui creciendo y habituándome a aquello que me gustaba y que me hacía sentir cómodo.
Durante toda mi vida he estado luchando contra numerosas enemigas crueles y soberbios capullos por poder llevar la única vida que poseo de la mejor forma posible. No me arrepiento de haber conocido a todo el mundo que conozco, porque eso me ha hecho mejor persona. Incluso hoy en día me encuentro rodeado de bellísimas personas que me quieren y me aprecian tal y como soy. Aún así, es más complicado de lo que me habían comentado mis hermanos gemelos. Hay que ser muy fuerte, no dejar que los demás te pisoteen y sobre todo ser tú mismo. 

Todos nosotros hemos creado una identidad determinada hacia la gente que nos rodea sin nosotros haberlo pedido. Sólo hemos usado el punto número uno que aparece en nuestro manual de instrucciones individual: 1. "Sé tú mismo". Lo curioso es que a la vez poseemos diversas vidas bajo esa misma y única identidad en vez de tener diversas identidades en una sola vida. Nunca pedimos que se nos identificase de la forma que mejor le parezca a la gente vernos. Cierto es que lo que demostramos es lo que somos; pero eso no significa que lo que demostramos sea lo único que somos. 

No somos lo que demostramos. Somos lo que queremos ser y demostramos lo que queremos, porque a veces es mejor sacar una pequeña parte y reservar el resto para cuando llegue el momento.

Felicidades a todos los que me habéis leído. Les quiero "ffffleje".

PD: ¡Ah! Y felicidades a mí. =)

Con Cariño Un Simple Mortal


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