Manhattan: La octava avenida (Ep. 1)

Con paso tranquilo y relajado, camino por las calles de Manhattan, Nueva York, vestido con un pantalón liso de color marrón que tenía los bolsillos más suaves que he manoseado en mi vida, una camisa de cuadros debajo de una chaqueta de un color azul eléctrico y unas Converse del mismo color, para ir "conjuntado". Hacía frío, pero no un frío de los que te deja los huesos helados, sino un frío cómodo de esos en los que te alegras de no haberte dejado la chaqueta en casa. ¡Ah, se me olvidaba el pañuelo! Es de esos típicos que la gente lleva por adornar el cuello. Yo creo que sirven para proteger de colmillos de vampiros no autorizados. Son las 22:30h. y me siento genial.

He dejado la rotonda de Central Park a mi espalda para meterme en la octava avenida. De pronto, pasada la calle 56 Oeste, levanto la vista del suelo y veo que al lado del "Bread Factory Cafe" han puesto un Bar-Grill con el nombre de Rumour's. No lo entendía, no por nada, sino porque en la acera de enfrente hay otro Grill, y al lado de este otro más. Nunca he entendido la mecánica comercial de los restaurantes. Aún así, me paré a leer el menú de la carta. Debía de tratarse de una carta adecuada a la gente con lo que viene siendo, muchos "billetitos verdes": Solomillo de ternera con salsa de champiñones aromatizada con un toque de menta y una guarnición de ensalada César al estilo Veneciano: 143.90$, Soufflé de carne con  guindas caramelizas al toque del Chef: 70.89$. Creo que lo más barato de aquel bar era saludar porque, incluso para ir al baño, tenías que pagar 2 dólares y cincuenta centavos.
Decidí seguir adelante con mi paseo rutinario de por la noche cuando alguien se choca con mi hombro fuertemente y escucho como caen unos cuadernos al suelo. No tenía pensado ayudar a la persona que casi me destroza un miembro de mi cuerpo pero, como caballero que soy, me giré y me agaché junto a  los cuadernos y a aquella presencia física, la cual no conocía de nada-por ahora-. Pensé en poner cara de malhumorado para demostrar mi insatisfacción ante aquel encuentro, pero se me borró ese pensamiento despiadado de la mente nada más verla. Yo no suelo ser una de esas personas que se queda mirando a toda mujer bella que pase, pero con esta chica tuve que hacer una excepción. 

Se trataba de una chica de unos...veinticuatro o veinticinco años, con un pelo largo suave y oscuro-no me hacía falta tocárselo para saber que era como de terciopelo-, unos labios rosados y perfectos, y unos ojos claros que brillaban con la luz de las farolas. Llevaba puesto un pantalón vaquero oscuro de esos apretados pero que le quedaban preciosos, un jersey de cuello alto azul claro y una pajarita a modo de horquilla en el pelo. 
No dudé en recogerle todos los cuadernos que se habían caído a causa de aquel encontronazo, porque, no fue algo que me molestase que sucediera... Bueno, el caso es que nos incorporamos a la vez y le ofrecí sus posesiones a la vez que le pedía disculpas por aquel golpe que le había regalado sin querer, a lo que ella me respondió que la culpa había sido suya y que era ella quien tenía que disculparse. Le dije que no se preocupase, que hay veces en las que es agradable tener un choque con una chica antes que con un tiarrón de esos que va al gimnasio. Me respondió con una sonrisa y, sin intención alguna, comenzamos a hablar. 

Al principio era una conversación de tontos porque hablamos del tiempo, del frío que hacía hoy y esas cosas. Luego se me ocurrió preguntarle de donde venía y qué es lo que estaba haciendo en Manhattan. Me dijo que venia de California a trabajar como profesora de niños de 6 y 7 años en un colegio al lado de Central Park. Ella me hizo las mismas preguntas. Le respondí, con un tono intelectual, que vivía aquí en Manhattan por la zona del hotel "Trump International" y que me dedicaba al mundo del periodismo. Se asombró levemente y asintió con la cabeza. Hubo un silencio incómodo; ¿De esos en los que pasa un ángel de por medio? Bien, pues para mi que pasó una corte celestial. De pronto noté como me miraba atentamente, como sonreía con nerviosismo, como se pasaba los dedos de las manos entre el aquel pelo "Pantene" y me lancé: -"Oye, ¿te gustaría ir a tomar algo al "Factory Café" o al "Starbucks" mañana?". Pensé que no lo soltaba. No sé si he fallado en alguna palabra, pero lo hecho, hecho está. -"Sí claro, ¿por qué no?" -"Bueno, pues, ¿te parece que nos encontremos en la puerta del Museo de Arte y Diseño de allí abajo sobre las...siete?" -Dije con un tono de curiosidad. Me dio el visto bueno y seguidamente nos despedimos con un poco de timidez. 
El único problema es que no me sabía su nombre:-" Por cierto, ¿cómo te llamas?"- grité por encima de todas aquellas cabezas estadounidenses. -" ¡Me llamo Charlie! ¿Tú?"- " ¡Yo me llamo Richard!¡Hasta mañana Charlie!"- dije yo apresuradamente. -"¡Hasta mañana Richard!"- escuché de lejos con voz sonriente.

Me había quedado alucinado de lo que había sucedido: "He conocido a una chica maravillosa que se llama Charlie de ojos claros, pelo oscuro y de California, ¡y creo que le he gustado! Espero no meter la pata mañana con lo de..." 

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